Lo menos que se puede ser
en esta vida es ser agradecido. Así le
dijo su madre cuando niño. Quizás la
razón por la que ahora volaba. A los
chicos les había dado innumerables gracias y estaba cansado de tener que
dárselas por teléfono o en emails. Sentía
la necesidad de darles las gracias en persona, en tiempo real. Además quería ayudarlos, apoyarlos de
verdad. Solidaridad le llaman los de las
causas. La maroma para hacerle llegar la
guitarra eléctrica al Yuri y demás gestiones a través de las mulas le había
resuelto sí, pero volviendo a los dichos de su mamá, eso ya “muy bueno pero no sirve”.
De Miami a La Habana en
avión son un par de pestañazos. El
cuento de las dos ciudades. Tan cerca y
tan lejos. Aterrizó en el José Martí y
de las escaleras, nada de acordeón como en las grandes ciudades en todo el
mundo que lo conectan a uno desde el avión a la terminal, de las escaleras muy
como las escaleras que subió un día de niño de cinco años con sus padres para
no volver hasta ahora mismo y de las escaleras bajar al asfalto e ir a la misma
terminal por la que salió un día de niño de cinco años con sus padres para no
volver hasta ahora mismo.
De que nada había cambiado
en cuatro décadas se percató al mirar los alrededores de la terminal caminando
hacia ella. De pinga su asombro de que
nada había cambiado en cuatro décadas y de pronto le vino a la mente que desde
que él y su mamá y su papá salieron por esa misma terminal y a la que ahora él
iba caminando hacia ella, él y su mamá y su papá salieron por esa misma
terminal para a pie llegar hasta una escalera igualita a la que acababa de
bajar y subirse a un avión para irse y jamás volver sus padres, él sí. Ricky volvía ahora mismo y nada había
cambiado en cuatro décadas.
De que nada había cambiado
en cuatro décadas en las que sus padres jamás volvieron, jamás volvieron sus
padres a ver a sus padres, jamás volvieron a ver a sus hermanas y hermanos de
pronto le vino a la mente. Hablo de los
que se quedaron porque su mamá reclamó a todos los suyos que querían largarse
de la Isla del Dr. Castro. A ellos ella
los sacó patrocinados y salieron volando desde ese mismo Aeropuerto
Internacional José Martí en Vuelos de la
Libertad del presidente Lyndon B.
Johnson, el mismo que firmó la Ley de Ajuste Cubano que permite dar la
residencia a los cubanos al año y un día de arribar a los Estados Unidos y el
mismo que abrió El Refugio hoy mejor
conocido como el Freedom Tower, icono
del Exilio cubano y de la Ciudad de Miami ubicado en la fantástica Biscayne
Boulevard y desde donde en su día en ese edificio, en esa torre se le daba a los cubanos refugiados atención medica, enormes
ruedas de queso y grandes latas metálicas llenas de mantequilla de maní. Gratis.
Gracias a Johnson.
De pie a cabeza vestido de blanco iba.
Nota del blog:
Este post seria el comienzo de un cuento corto que primero fue pensado seria
una novela y que después de pensarlo pensé solo diera para cuento corto ya que
probablemente el tema no interesara a muchos lectores. Desde la adolescencia he querido escribir una
novela, ser autor de libros pero la vida me ha enseñado no tener capacidad y
disciplina para eso. Y entonces esta
entrega aquí de lo que estoy pasando de lo escrito al blog. Escrito hace ya un tiempo atrás y que se ha
quedado estancado el cuento. Y entonces
en lugar de seguir esperando a que me vuelva la musa decido colgar el cuento
por aquí. Tendrá un segundo post dándole
continuación porque sí tengo un poco más de él en papel, en Word.
La foto pienso encaja perfectamente con el tema del cuento, post. La tomé cuando mi viaje a La Habana y fue colgada
aquí primero en este post.





