martes, 17 de febrero de 2026

Los chicos de 23 y G

 


Lo menos que se puede ser en esta vida es ser agradecido.  Así le dijo su madre cuando niño.  Quizás la razón por la que ahora volaba.  A los chicos les había dado innumerables gracias y estaba cansado de tener que dárselas por teléfono o en emails.  Sentía la necesidad de darles las gracias en persona, en tiempo real.  Además quería ayudarlos, apoyarlos de verdad.  Solidaridad le llaman los de las causas.  La maroma para hacerle llegar la guitarra eléctrica al Yuri y demás gestiones a través de las mulas le había resuelto sí, pero volviendo a los dichos de su mamá, eso ya “muy bueno pero no sirve”.   

De Miami a La Habana en avión son un par de pestañazos.  El cuento de las dos ciudades.  Tan cerca y tan lejos.  Aterrizó en el José Martí y de las escaleras, nada de acordeón como en las grandes ciudades en todo el mundo que lo conectan a uno desde el avión a la terminal, de las escaleras muy como las escaleras que subió un día de niño de cinco años con sus padres para no volver hasta ahora mismo y de las escaleras bajar al asfalto e ir a la misma terminal por la que salió un día de niño de cinco años con sus padres para no volver hasta ahora mismo.  

De que nada había cambiado en cuatro décadas se percató al mirar los alrededores de la terminal caminando hacia ella.  De pinga su asombro de que nada había cambiado en cuatro décadas y de pronto le vino a la mente que desde que él y su mamá y su papá salieron por esa misma terminal y a la que ahora él iba caminando hacia ella, él y su mamá y su papá salieron por esa misma terminal para a pie llegar hasta una escalera igualita a la que acababa de bajar y subirse a un avión para irse y jamás volver sus padres, él sí.  Ricky volvía ahora mismo y nada había cambiado en cuatro décadas.  

De que nada había cambiado en cuatro décadas en las que sus padres jamás volvieron, jamás volvieron sus padres a ver a sus padres, jamás volvieron a ver a sus hermanas y hermanos de pronto le vino a la mente.  Hablo de los que se quedaron porque su mamá reclamó a todos los suyos que querían largarse de la Isla del Dr. Castro.  A ellos ella los sacó patrocinados y salieron volando desde ese mismo Aeropuerto Internacional José Martí en Vuelos de la Libertad  del presidente Lyndon B. Johnson, el mismo que firmó la Ley de Ajuste Cubano que permite dar la residencia a los cubanos al año y un día de arribar a los Estados Unidos y el mismo que abrió El Refugio hoy mejor conocido como el Freedom  Tower, icono del Exilio cubano y de la Ciudad de Miami ubicado en la fantástica Biscayne Boulevard y desde donde en su día en ese edificio, en esa torre se le daba a los cubanos refugiados atención medica, enormes ruedas de queso y grandes latas metálicas llenas de maní.  Gratis.  Gracias a Johnson.  

De pie a cabeza vestido de blanco iba. 


Nota del blog: Este post seria el comienzo de un cuento corto que primero fue pensado seria una novela y que después de pensarlo pensé solo diera para cuento corto ya que probablemente el tema no interesara a muchos lectores.  Desde la adolescencia he querido escribir una novela, ser autor de libros pero la vida me ha enseñado no tener capacidad y disciplina para eso.  Y entonces esta entrega aquí de lo que estoy pasando de lo escrito al blog.  Escrito hace ya un tiempo atrás y que se ha quedado estancado el cuento.  Y entonces en lugar de seguir esperando a que me vuelva la musa decido colgar el cuento por aquí.  Tendrá un segundo post dándole continuación porque sí tengo un poco más de él en papel, en Word.  La foto pienso encaja perfectamente con el tema del cuento, post.  La tomé cuando mi viaje a La Habana y fue colgada aquí primero en este post.       


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