domingo, 2 de agosto de 2026

Hay una escena que se repite tanto en la historia cubana como en su diáspora: el pueblo que sufre bajo un mismo yugo termina, muchas veces, reproduciendo hacia adentro los mecanismos del régimen que dice combatir. Con la misma lógica de la dictadura, aplican el silencio para unos, el escándalo para otros y la impunidad para los que se reciclan bien, mientras, condenan públicamente a los que ya no pueden fingir, aunque sigan teniendo miedo por las amargas experiencias.: Lia Villares

Luis Manuel Otero Alcántara salió tras cinco años de prisión política denunciando a la dictadura con la imagen del «macho abusador»: un secuestrador de 9.4 millones de personas que exige remesas, comida, ayuda humanitaria a cambio de no matar a sus rehenes, mientras la comunidad internacional, año tras año, se la entrega casi sin resistencia. Es una imagen dura, pero exacta.

Sin embargo, lo que generó ruido no fue esta denuncia. Generó más ruido una transmisión informal con el exprisionero plantado Ángel de Fana, después de media década sin vida social, sin filtros que reconstruir, con una mente que, cualquiera con sentido común lo entendería y hasta él mismo lo admite, salió de esa prisión trastornada. No hace falta ser psiquiatra para saber que nadie atraviesa un trayecto como ese y sale intacto.

Atenas, no Esparta: Luis Manuel Otero Alcántara y la indignación selectiva del exilio cubano