Pelayo Balbín. Guagüero de aquellas guagüitas escolares que
rodaban por la Pequeña Habana de un Exilio cubano de Miami que a decir verdad,
ya no existe. Balbín al volante de un
Ford Econoline del 70 aflojando Salsa desde sus bocinas a todo volumen difundiendo
lo que el 8-Track casete tape llevaba dentro.
Dentro de la guagüita de
Balbín íbamos estudiantes de primaria y secundaria de primordialmente el
colegio católico privado Sts. Peter & Paul y la escuela pública Shenandoah
Junior High a la que hasta 1974 fui su alumno.
Sobre esa experiencia, en el Shenandoah, sobre esa es para otro
post. Aquí en lo que me voy a centrar es
en un resultado, colateral, inesperado, resultado de ser pasajero de dicha guagüita.
La guagüita de Balbín como decía, de aquellas
que rodaban por las calles de Miami llevando en su abrumadora mayoría a hijos
del Exilio cubano, conducidos por también en casi su totalidad cubanos. Todavía hoy a rato se puede ver alguna
sobreviviente en lo mismo pero nada como su omnipresencia en los Setenta.
Balbín me recogía en la
casa de mis padres en la barriada Grosse Pointe temprano en las mañanas y me
soltaba en la escuela junto a mis compañeros de clases tarde, nunca a tiempo
para el comienzo de ellas. Cuando le reclamábamos
que íbamos a volver a llegar tarde a clases
en lo que se bajaba de su Ford van para dirigirse a alguna ventanita para tomar
café, nos respondía:“¡Ténganle más respeto a
su guagüero!” A menudo regresaba a la guagüita
con una caja de pastelitos de guayaba, coco y de carne, y con refrescos en
latas que nos vendía durante nuestro viaje de ida y vuelta. Nunca fui su cliente en eso. Me parecía que nos explotaba con aquel
negocio que hacía con sus pasajeros y ya mis padres, como los de mis compañeros
de guagüita, bastante que les costaba nuestro transporte escolar. Me explico, mis padres como la mayoría del
exilio entonces, luchando su sustento.
Bastante con llevarnos tarde al colegio y dejarnos tarde a casa después.
Fue a través de aquellos
casetes que Balbín nos ponía donde nació mi amor por la música cubana, el género
Salsa, en efecto guaguancó, rumba y todo lo demás de esa talla de la música de
la mayor de las Antillas que por entonces bautizaron “Salsa” para lograr el
crossover al mercado americano.
Un buen día durante uno de
nuestros largos recorridos hacia nuestros colegios fue que Balbín nos invito a
ver una película sobre lo que como contaba se estaba fraguando por entonces, un
film sobre la Salsa que acababa de salir en los teatros y que estaban pasando
en el Tower. Era una invitación que nos hacía,
nos llevaría a verla y nos regresaba a casa pero las entradas iban por
nosotros. Solo unos cuantos nos dimos
cita aquella noche de cine con Balbín para ver Nuestra cosa latina, documental
sobre las Estrellas de Fania y el nuevo género que con dicho film se daba a
conocer fuera de su entorno. La película
marco un antes y después para mí. En
1971 fue el motor que impulso mis deseos por los bailes cubanos, aquel fenómeno desde donde se cocinaba sin sus
protagonistas proponérselo, el Miami
Sound.
Los bailes cubanos eran
conciertos de conjuntos y orquestas integrados por músicos exiliados cubanos en
pistas de baile que se daban en canchas de básquetbol y jaialai o auditorios
municipales y de sindicatos. Entre una
amplia gama, el Conjunto Universal y Los Jóvenes del Hierro los que recababan
mayor audiencia. Esos piquetes también
tocaban en los Quinces y en recepciones de bodas. Fue en tales fiestas y en los bailes cubanos
donde se dieron a conocer por primera vez los de Miami Latin Sound precursor
del Miami Sound Machine.
La guagüita de Balbín,
lugar y tiempo que han dejado de ser pero dicen que recordar es volver a vivir. Últimamente voy en la guagüita a menudo.