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Foto del post ‘Palmetto Bay Jam Session’

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lunes, 18 de julio de 2011

Eduardo Del Llano: Manifestarse

¿Por qué los trabajadores cubanos no pueden ir a la huelga? ¿O los estudiantes manifestarse? ¿O, bien mirado, los opositores? No creo que nadie vaya a sostener a estas alturas que es porque sólo bajo el capitalismo tienen de qué quejarse. Una sociedad moderna y democrática debe prever el derecho de los ciudadanos a expresar su descontento públicamente sin que por ello se les tilde de mercenarios o agentes enemigos. De hecho, los verdaderos agentes –amigos y enemigos- suelen trabajar en la sombra.

Nuestra prensa refleja las golpizas a manifestantes en otras naciones, con fotos y reportajes dramáticos. Bueno, que la policía reprima una manifestación pacífica está mal, pero que no la permita está peor. Contrariamente a lo que parece creer nuestro gobierno, las manifestaciones callejeras no significan que una sociedad es débil y desunida. Más bien significan que es una sociedad humana.

Por más de cien años, la manifestación ha sido un arma de lucha a la que se recurre cuando fallan otras. No sólo de la clase obrera, no sólo de partidos políticos, sino de grupos sociales en sentido amplio. Como todas las armas y todas las soluciones políticas, a veces funciona y muchas veces no. Como cualquier otra actividad ciudadana, está regulada por la ley. Quizás desaparezca algún día, si algún día –lo dudo mucho- todos somos felices y no tenemos motivo de queja. Entretanto, es un síntoma de que una sociedad no es perfecta ni cerrada, de que los grupos sociales tienen opiniones y están impacientes por decirlas. Incluyendo a los obreros: hoy sería ridículo pretender que en nuestro país los obreros no tienen motivo de queja y sólo se sienten incómodos los remanentes de la antigua burguesía, etcétera.

Muchos cubanos de a pie, me temo, están tan acostumbrados a satanizar un hecho de esta naturaleza que reaccionarían con hostilidad ante una marcha que pidiera, pongamos por caso, REFORMA DE LA LEY MIGRATORIA YA, aunque esta marcha fuese espontánea, luchara por los intereses de todos los ciudadanos –incluidos los hostiles- y no estuviera necesariamente inficionada por terceros. Pero alguna vez hay que empezar, digo yo. Y si usted no está de acuerdo, haga una contramarcha, igualmente pacífica, y grite lo que le dé la gana.

Y los disidentes… bueno, es hora de dejar de verlos automáticamente como una lacra y aceptar que son -deberían ser- parte de la sociedad civil. Como ocurre, por ejemplo, en Venezuela. Habrá algunos mercenarios y oportunistas, no lo dudo –como también hay muchísimos comecandelas y arribistas en el campo oficial- pero otros simplemente tienen una opinión diferente acerca de lo que es mejor para el país, y sería sano, cuando menos, escuchar esa opinión y no ahogarla antes de nacer. Cualquier cifra de descontentos con el sistema que se maneje –pongamos la improbablemente baja de un millón de cubanos, esto es, uno de cada doce que viven en suelo patrio- implica que otros tantos ciudadanos, que no han cometido ningún crimen político, no tienen quien los represente en el Parlamento.

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